Santanderinamente

Duna CEAR

Ciudad Mundial. Smartcity. Esa es la cara que se vende al visitante y al lugareño al que se quiere convencer de que Santander es ese “marco incomparable” del que hablaba Odón Elorza al referirse a San Sebastián. Pero la realidad es bien diferente para que el pasea por las calles de la capital: frente a cada negocio que abre hay otro que cierra, la tasa de paro no experimenta grandes cambios que no sean derivados del periodo estival o de los titánicos esfuerzos de esos valientes que se lanzan al “emprendimiento”, el comercio está en pie de guerra contra las políticas de liberalización de horarios que dan aún más ventaja a las grandes superficies, y un Mundial de Vela no está teniendo ni mucho menos el efecto balsámico que se nos prometió desde el consistorio santanderino. Para colmo un olor nada agradable recorre la urbe, que ve como el tan cacareado “Anillo Cultural” en torno al mastodóntico y polémico Centro Botín tampoco puede enmascarar la situación de una ciudad que sigue viviendo en una burbuja de cómoda complacencia, para disfrute de una elite política que vive a espaldas de los ciudadanos que gobiernan, empeñados en seguir exigiendo un Estatuto de Capitalidad que cubra los gastos generados por esa misma población a la que expulsó por una pésima (por no decir inexistente) política de vivienda.

Fuente: El Diario Montañés

Fuente: El Diario Montañés

Pero no todo todo es apocalíptico, porque en este gris panorama aparecen luces: escaleras mecánicas, ascensores y sensores llevan a sus habitantes al paraíso tecnológico, a ese “mundo feliz” del que hablaba Huxley, y que se manifiesta en la presencia de su alcalde en los más innovadores foros nacionales e internacionales. Somos ejemplo y envidia de otras ciudades de nuestro tamaño porque podemos ir del punto A al punto B sin mover las piernas, y no necesitamos bajar del coche para pasar por caja en la omnipresente zona azul (podemos hacerlo de forma sencilla desde una aplicación de nuestro smartphone. Además somos las nueva Amsterdam en cuanto a movilidad, con un plus añadido, los amantes del ciclismo tienen en la ciudad no sólo un circuito de belleza singular, sino también un auténtico desafío a su pericia al manillar con casetas, viandantes y vallas que ponen a prueba los reflejos del más experimentado. ¿Les parece poco?. Pues no se vayan todavía, que aún hay más (que decía Super Ratón): la prensa oficialista, notario fiel de los múltiples parabienes de la gestión municipal, nos descubría esta misma mañana otra de las maniobras geniales: la ganancia de nuevos espacios para la ciudad con el derribo de otra parte de su patrimonio histórico. Y es que a la pregunta de cualquier visitante sobre el casco antiguo de Santander siempre será más fácil recurrir al típico “se perdió con la Guerra Civil y el incendio del 41”, que explicarle que la única política que han llevado a cabo los sucesivos gobiernos locales de los últimos años respecto a la desidia de los dueños por la conservación de edificios singulares ha sido la piqueta. Ese es el verdadero Santander que se quiere ocultar al visitante, porque siempre es mucho más bonito enseñar la fachada que poderes políticos, sociales y económicos se están empeñando en diseñar para tapar las vergüenzas de una ciudad que se vuelca al mar para olvidar los males que la aquejan. Eso sí, y para no faltar a la tradición, lo hace con el orgullo de seguir adelante sin mirar hacia atrás. Santanderinamente.

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