Viaje a la Asturias olvidada: Pesoz

Argul

Después de visitar la costa desde mi retiro suroccidental hoy le tocaba el turno al interior más profundo, así que mi eficiente conductora y un servidor elegimos como destino uno que ya teníamos en mente desde hacía un año: el concejo de Pesoz. Para ello había que armarse de valor, porque aunque el Google Maps señalaba que nos encontrábamos a poco más de setenta kilómetros de Besullo, lo que no concretaba el maldito navegador es que para ello teníamos que atravesar dos concejos, el Puerto del Palo y el río Navia con el inquietante paraje del embalse de Grandas de Salime.

As Cortes

Pese a esa dificultad nos pusimos en carretera con ganas de ir hacia lo desconocido. Ya conocíamos el viaje hasta Grandas, y una vez superada la llovizna y la niebla con las que nos recibió el puerto afrontamos el último tramo con la impaciencia de un niño que no puede esperar para desenvolver su regalo. Dejamos atrás la Villa con su Museo Etnográfico y su Colegiata y seguimos camino hasta la capital de Pesoz (Pezós en el habla local). Allí, después de una hora y cuarto de carretera paramos a tomar un café en As Cortes, mesón del que habíamos tenido noticia por un conocido programa gastronómico de la TPA (para qué engañarnos, era “Guía Michigrín). Nos gustó el local y el trato del personal, que apenas se había podido sentar a comer, y eso que ya casi eran las seis de la tarde.

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Después de ese receso “cafetil” nos pusimos a la obra. Al venir de una zona vinícola y haber conocido ya el trabajo de la D.O.P. Vino Tierra de Cangas obviamos la visita al Museo Enológico, y procedimos a perdernos por las callejuelas del lugar, donde vimos interesantes casas de fábrica tradicional. En el centro del pueblo, y cercano a As Cortes, resalta el Palacio de Ron, solar de una de las familias más poderosas del suroccidente asturiano, y modificado por completo en su fachada por el indiano Manuel Monteserín tras pasar a su propiedad en 1909. Anexa la finca cuenta además con una capilla bajo la advocación de San Andrés, a pocos pasos de la iglesia parroquial de Santiago, de origen románico, pero que también ha experimentado cambios y ampliaciones con el pasar de los siglos que han alterado en parte su estilo inicial.

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Sin embargo, tras meternos más de lleno por los entresijos de Pesoz vimos casas particulares que habían sabido conjugar también el espíritu de quienes las edificaron con las necesidades de la vida moderna. La que llamó más nuestra atención fue una vivienda más modesta, la de Domingo Alonso Magadán, vecino de la localidad de Argul (a seis kilómetros de la capital del concejo) que presentaba tres inscripciones fechadas en 1792 enmarcando su puerta, de las que una sobresalía por encima del resto por la claridad de su mensaje:
“El que entrare en esta casa, mire como ha de vivir, que en su mano está la entrada y en la de Dios el salir. Serás hombre recogido de verdad, serás honrado. Trabaja, no pedirás, gasta poco y lo tendrás”.

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Satisfechos ya con nuestras pesquisas volvimos al crucero que formaba el centro de la población y reemprendimos marcha rumbo a Argul, famosa por albergar uno de los conjuntos urbanísticos tradicionales más puros de Asturias. Tras dejar la carretera principal que nos conducía a Illano y más hacia adelante a Navia nos desviamos a la izquierda para tomar una tortuosa via que llevaba a Argul. En el camino nos sorprendía un terreno cultivado con vides (sin saber a ciencia cierta si lo eran, yo diría que de albarín negro, uva autóctona) pero no por su mera presencia, sino por los curiosos espantapájaros que custodiaban el terreno, inquietantes figuras de aspecto humanoide y un no menos amenazante cruce de pájaro y hombre.

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He de reconocer que, llegados al lugar, la sensación no fue la mejor. Un desvencijado cartel que contaba las excelencias del sitio daba paso a un recinto en el que tristemente el abandono era la nota dominante. Aún así, no desistimos y después de aparcar el coche ante la atónita mirada de los dos únicos habitantes presentes en la plaza (que nos miraron como si hubieran visto descender a dos alienigenas de su nave interestelar), nos pusimos manos a la obra. Superado el primer y negativo impacto nos quitamos de encima los prejuicios urbanitas y atravesamos el pueblo por los intrincados pasadizos que se abrían entre sus centenarias edificaciones, que todavía mostraban restos de su antiguo esplendor a pesar de que las telarañas, las piedras caídas y las puertas fuera de sus goznes nos iban desilusionando por momentos. Callejeando observamos que algunas casas habían sido restauradas de forma particular por sus propietarios, pero no nos extrañó ver como la desidia institucional no había permitido que hubiera rastro alguno de un posible plan de recuperación, algo que esperamos cambie (de poco valen iniciativas como el Parque Histórico del Navia si no se protege tan valioso patrimonio histórico y etnográfico) de aquí a un futuro no muy lejano, antes de que las zarzas y el paso del tiempo engullan una interesante e injustamente poco conocida parte de la historia de Asturias.

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