Descubriendo el litoral occidental asturiano: Coaña

Panorámica Arnelles

Si a alguien le preguntan por pueblos costeros asturianos le vendrán inmediatamente a la cabeza lugares emblemáticos como Llanes, Cudillero o Lastres, poblaciones que en las últimas décadas han sido ejemplos paradigmáticos del boom turístico del litoral del Principado. Lejos de esa aglomeración sin embargo podemos encontrar zonas que conservan su atractivo original casi intacto, producto sobre todo del aislamiento producido en gran parte por su marginación a la hora de ser integradas en el mapa de infraestructuras modernas. Sometido hasta hace poco a la carretera nacional como única vía de acceso, el concejo de Coaña es una muestra de este fenómeno.

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Tras hacer una visita el pasado mes de julio la playa de Arnelles y el cabo de San Agustín, quedamos con ganas de conocer con más profundidad la zona, así que ayer nos pusimos en carretera para no sólo disfrutar de un día playero, sino también acercarnos a su rico y abundante patrimonio histórico. No era una empresa fácil, porque al estar veraneando como cada año en Besullo (Cangas del Narcea), debíamos enfrentarnos al sempiterno abandono institucional del suroccidente asturiano: primero bajar hasta el puente del Infierno para luego coger la general hasta el desvío de Tineo. Tras afrontar la subida hasta las proximidades de la villa tinetense había que “caminar” hasta el temido Puerto de la Espina, único modo de llegar a la costa desde esta zona del interior. Después de más de una veintena de vertiginoso descenso nos encaminamos hasta Canero, y de ahí hasta Barcia, donde por fin volvimos a la “civilización” en el flamante y recién inaugurado tramo de la Autovía Cantábrico. Desde allí todo fue coser y cantar, dejamos a un lado Luarca y Navia para coger el desvío de Jarrio, donde enlazamos con Foxos (Fojos) para llegar a la playa.

Playa de Arnelles

Lo primero que sorprende es la escasa afluencia de gente, sobre todo cuando se observa a primera vista el paradisíaco entorno en el que se encuentra enclavada, al oeste de la desembocadura del río Navia. Un escenario de aguas limpias y tranquilas recibe al visitante, que al poco de llegar ya se encuentra como en casa, sobre todo cuando se superan los dos únicos inconvenientes: las escaleras desde sus dos accesos (Foxos y Ortiguera) y el sofocante calor que surge de su arenal, conformado por minúsculas piedrecitas que atraen el sol como si de una pequeña placa solar se tratara. Una vez aclimatados, nos esperaba una tarde veraniega a la que no estábamos acostumbrados durante las últimas semanas, lo que disfrutamos con varios baños acompañados de sus correspondientes visitas a la toalla, todo en un ambiente de lo más tranquilo, ya que la playa apenas superaba el medio centenar de personas en los momentos de máxima ocupación.

Faro de San AgustínSuperada esa primera y muy aprovechada etapa deshicimos camino, y tras observar una cruz que recuerda a unos jóvenes fallecidos en un acantilado cercano, era hora de visitar Ortiguera, no sin antes echar un vistazo a interesantes casas de todo tipo en la vecina Foxos. Sin prestar demasiada atención a las urbanizaciones modernas que salpican la carretera hacia Ortiguera nos dirigimos al faro de San Agustín (inaugurado en 1975, cuenta con una foco situado a 20 metros del suelo con un alcance de 20 millas), situado en una zona dominante y que sustituyó a la antigua baliza de señalización del puerto que aún se conserva junto a él, y que cuenta como remate con una peculiar linterna con una luz visible a 10 millas. En la misma explanada, y anexa a estas dos construcciones llama más aún la atención del visitante la antigua campana para los días de niebla, donde uno imagina a las mujeres de los marinos esperando el regreso de los barcos a puerto. Precisamente los fallecidos en las labores de la mar tienen su reconocimiento en un parque cercano, donde varias losas recogen sus nombres.

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Ese pequeño conjunto se completa con la ermita también dedicada a San Agustín, y que ha sufrido varias modificaciones desde su edificación en el siglo XVII, dotándola de un aspecto muy particular que recuerda a iglesias situadas a orillas del Mediterráneo. No pudimos entrar en ella para observar las imágenes de San Agustín y La Caridad, así como las múltiples maquetas de embarcaciones que contiene, así que retomamos la ruta para dirigirnos al puerto.

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El camino nos permitió observar la perfecta combinación de casas tradicionales y otras de claro origen indiano hasta que hicimos un alto para admirar la afamada Quinta Jardón, solar de la familia que ejerció como benefactora del pueblo desde finales del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo pasado. Aunque la finca estaba cerrada, es perfectamente visible el buen gusto que emana de esta espléndida finca, tanto en el edificio principal, como en sus jardines. Al otro lado de la carretera destaca un parque presidido por una estatua dedicada a uno de los hijos del patriarca de la saga, Don Fernando Jardón Perisse. La importancia de la escultura, sufragada en 1926 por sus vecinos en agradecimiento a sus múltiples donaciones (escuelas, ermita…) es que fue obra de Mariano Benlliure, amigo del representado.

Puerto Ortiguera

Cumplido ese trámite obligatorio descendimos para alcanzar la zona portuaria, que tiene un encanto que sólo conservan reductos como Tazones. Con un anfiteatro coronando el lugar menos regular que el de Cudillero, pero con igual o mayor atractivo, se llega a un pequeño puerto en el que descansa la flota de Ortiguera, que combina pesqueros de bajura con barcas de pesca artesanal. Sólo un muelle creado a principios del siglo XX y que alberga el edificio de la cofradía local de pescadores y una cetárea modifican un paisaje que no ha cambiado excesivamente durante las últimas décadas, para disfrute del forastero, que puede evocar como fue la vida de los pescadores que lo ocuparon en épocas pretéritas.

Atardecer Luarca

Avanzada ya la tarde, y con una larga ruta de vuelta por recorrer ahí terminó nuestra visita, que dejó pendiente de conocer el castro de Mohías, uno de los tres con los que cuenta el concejo (los otros dos son el archifamoso de Coaña y el de Medal). Una parada en Luarca para reponer fuerzas (la hostelería del puerto ha bajado de calidad de forma clara en mi opinión) compensada por un atardecer de tonos anaranjados puso fin a una jornada que a bien seguro repetiremos a no mucho tardar.

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