John Newman, un soplo de aire fresco en medio de la monotonía

Fuente: elepe.com

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Últimamente cuesta que a uno le sorprenda un lanzamiento musical. No es que me considere un melómano impenitente (eso se le dejo a amigos como Amaya y Changel), pero después de unos años escuchando música de todo tipo, uno sabe lo que le atrae y lo que, por el contrario, debe ir a la inmensa montaña de basura en la que se ha convertido en los últimos años gran parte de la industria discográfica.

Harto de “Operaciones Triunfo”, “Tús sí que vales”, “Las Voces” y demás fenómenos prefabricados aparecen de vez en cuando ante mí pequeñas estrellas, muchas veces fugaces. Casi siempre lo hacen por sorpresa, de manera casual, pero al poco tiempo ya están aporreando mi cabeza de manera continúa e insistente.

John NewmanEl último en sumarse a la lista es John Newman. Lo reconozco, no fue a través de una emisora underground londinense (ya se que no soy nada “cool” por admitir mi “pecado”), sino a través de la pequeña pantalla. En mi diario ejercicio de reciclaje televisivo topé con la promo que en Divinity anunciaba “Criadas y malvadas”, una especie de álter ego pobre de “Mujeres desesperadas” (muestra del escaso ingenio de su productora, Eva Longoria). Antes de proceder a subir de canal el tema que sonaba de fondo me atrapó: un sonido soul pasado por el filtro de la modernidad hizo que me pusiera manos a la obra, recurriendo a “San Google”.

El resultado de la búsqueda me descorazonó un poco: un jovencito con pintas de moderno de postal apareció ante mí, abriendo el temido cajón de los prejuicios. Pero a pesar de todo me decidí a introducir el título del tema que había despertado mi curiosidad, “Love me again”, y el resultado hizo que poco a poco los temores de encontrarme ante el enésimo proyecto de ídolo teenager se fueran disipando.

Después le tocaría el turno a “Cheating”, con aires de pista de baile y unos vientos que hace que muevas los pies aunque no quieras, “Running” y “Losing Sleep”, que te introducen en una esfera que mezcla que mezcla a partes iguales melancolia y fuerza. Decididamente no el soul de Sharon Jones o Eli “Paperboy” Reed, ni el blues de Jesse Dee, ni siquiera el sonido más íntimo de Adele o Maverick Sabre o el elegante estilo de Morcheeba, sino una mezcla de todos llevada a otro nivel, introduciendo un aire actual que lo aleja de lo más académico para acercarlo a un público más mayoritario, pero no por ello menos exigente.

“Tribute”, que así se llama el álbum debut de este inglés de 23 años que ha hecho de hombre orquesta al escribir, producir e interpretar cada uno de los once temas que lo componen, es un disco para disfrutar de algo diferente a lo que estamos acostumbrados, y una buena oportunidad para huir de los manidos éxitos de las cada vez mas infumables listas de éxitos tradicionales que nos llevan metiendo con calzador desde hace dos décadas.

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